Música en tiempos de guerra



"Vi una cosa alucinante: una ciudad de pesadilla, horriblemente abandonada y silenciosa [...] Es el sentirse solo en el centro de esta ciudad que descansa en un sueño siniestro, bajo la brillante luz de un bonito día de verano. Sin ninguna duda, voy a ver cosas más temibles y repugnantes, no creo que alguna vez experimente una emoción más profunda y extraña que este tipo de terror mudo."

Esta cita podría haberse extraído de la película 1917 sobre la Primera Guerra Mundial, pero no. No es ficción. Proviene de las cartas personales de Maurice Ravel, uno de los grandes compositores del último siglo. Su experiencia en la Gran Guerra le marcó profundamente y le llevó a componer una de sus obras más grandes: Le Tombeau de Couperin.



Monet pinta al Rey Sol


Le Tombeau de Couperin es una suite de varias piezas para piano: preludio, fuga, forlaine, rigaudon, minueto y toccata. Ravel la compuso entre los años 1914 y 1917, mientras servía en el ejercito francés, conduciendo camiones militares. Gracias a Arbie Orenstein, podemos leer sus cartas y escritos, que nos relatan sus peripecias y cómo llegaba a esquivar las bombas mientras conducía en Verdun. La guerra fue un período realmente difícil: sufrió insomnio, pérdida del apetito y fue operado de disentería. En 1917 murió su madre, con la que estaba particularmente unido. Hundido en una grave depresión, se trasladó a una casa en las montañas.


En el vídeo que hay encima de estas líneas oímos el rigaudon, la cuarta pieza de la suite (versión para orquesta). Y esta es la primera pregunta a la que nos enfrentamos: ¿cómo puede componer algo tan alegre en un momento tan dramático? De hecho, en toda la suite nos encontramos con un aire inocente y despreocupado. La respuesta no puede ser otra: es un ejercicio de evasión y escapismo, una ventana a otro mundo.


Concretamente, es un viaje al siglo XVII. El título Le Tombeau de Couperin hace referencia a un género musical típico de esa época. Los tombeaux eran composiciones que los alumnos hacían en honor a sus maestros que habían fallecido. En este caso, Ravel lo dedica a Couperin, uno de los grandes del barroco francés. Y las piezas (preludio, fuga, minueto, etc.) eran también típicas de las suites francesas del mismo período. Ravel está revisando la música del glorioso pasado francés pero con una estética actualizada. En términos pictóricos, Monet pinta al Rey Sol.



Esto parece una película de Christopher Nolan


Acabamos de escuchar (y ver) la fuga de Le Tombeau. Me atrevería a decir que es uno de los mejores ejemplos de poliestilismo del siglo XX. Ravel combina la más pura técnica del contrapunto barroco con armonías impresionistas y con juegos matemáticos de inversiones. Y eso lo vemos a simple vista únicamente con los dos compases iniciales:


Así empieza la fuga, con una sola voz tocando estas notas. Con esto nos damos cuenta de varias cosas:

  • Los dos compases son casi iguales (tienen las mismas notas) excepto por un detalle. El primero empieza con un silencio, está "desplazado", por decirlo de alguna forma. Entonces la sensación que se tiene es que no hay un pulsación clara. Si fuera un baile, sería imposible saber cuándo poner el pie en el suelo.

  • Está compuesta por células repetidas y no hay sensación de canto o de fraseo.

  • No parece que haya una nota más importante o a la que se "desee llegar". La tonalidad es ambigua porque no hay punto de reposo.

  • Hay una gran cantidad de pausas que cortan el discurso.

Todos estos ingredientes apuntan a una misma dirección: una ambigüedad deliberada. Por eso, esta fuga tiene un sabor impresionista, pese a que la estructura esté tomada del barroco. Siglo XX y siglo XVII se unen dando esta maravilla como resultado.



El concierto más emotivo de la historia


Este vídeo del pianista Kim Bernard oímos la última pieza de todas, la toccata. Es la más difícil y en la que se demuestra el virtuosismo del intérprete. Por eso está al final de la suite, para acabar con lo más brillante y acabar con buen sabor de boca. Pero esta pieza tiene una historia curiosa.


En 1919, ya finalizada la guerra, Ravel no había hecho ninguna aparición pública. Sin embargo, insistió en asistir al estreno de la obra, que llevaría a cabo la pianista Marguerite Long. Él había dedicado cada una de las piezas de Le Tombeau a soldados fallecidos en la guerra. En el caso de la toccata, está dedicada a Joseph de Marliave, el marido de... Marguerite Long.


Podemos imaginar cómo se sentiría el público al escuchar este concierto: un homenaje a la cultura francesa herida y restaurada, un Ravel que volvía a la luz pública tras años de dolor y sufrimiento, y una pieza final, la más espectacular, dedicada al difunto esposo de la pianista.


Para acabar, no quería dejar de compartir otra cita del compositor (gracias a Arbie Orenstein, otra vez). Pese a ser un patriota francés, eso no le eximía de estar abierto a otras músicas, incluso a las músicas "del enemigo":


"Parece peligroso que los compositores franceses ignoren sistemáticamente las producciones de sus colegas extranjeros y, por tanto, se conviertan en una especie de pandilla nacional: nuestro arte musical tan rico en la actualidad, degenerará pronto, quedando aislado por sus fórmulas académicas.


Es poco importante para mí que el Sr. Schoenberg, por ejemplo, sea de nacionalidad austríaca [...] Además, me alegra que los Sres. Bartók, Kódaly y sus discípulos sean húngaros, y así lo muestran de forma inequívoca en su música."


Un recordatorio muy adecuado para nuestros tiempos de incierto futuro y de censura por motivos políticos.



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